viernes, 19 de junio de 2009
Por favor dime que recuerdas.
Por favor dime que recuerdas. Por favor dime que te acuerdas. Dime que recuerdas quién era yo, quién eras tú, qué éramos los dos. Dime que no has olvidado mi rostro, mis caricias, mis besos. Solo tealguno de tantos momentos gratos. No pido más. Por favor recuerda esas largas noches de platicas sin sentido que solían terminar con un abrazo tan eterno justo antes de que yo me fuera. Es pido que recuerdes, que lo intentes. Solo te pido esa sonrisa escondida que aparece justo al recordar e abrazo, tan parecido a nuestro primer abrazo ¿lo recuerdas? Claro que lo recuerdas, se que lo recuerdas aún y te invade la nostalgia al hacerlo.
Recuerda el eterno amor que nos prometimos, así como también prometimos estar juntos hasta ser “un par de viejos sentados fuera de su casa, tomados de la mano, contemplando lo que pudiera ser su ultimo atardecer”. Recuerdo que solías bromear y fantasear miles de cosas empezando con la frase: “cuando nos casemos…”
Te pido que recuerdes ese momento único y especial que vivimos al hacer el amor por primera vez. Ese mar de emociones y sentimientos tan nuevos que hacían latir nuestros corazones tan rápido. Recuerdo sentir tu piel, sentir tus manos, sentirte a ti tan cerca y unida a mi. Recuerdo cada caricia y cada sonrisa. Lo mismo te pido a ti, que recuerdes.
Te pido que recuerdes las incontables veces que caminamos tomados de la mano. Te sentía tan mía como también me sentías tan tuyo. Se que recuerdas la primera vez que nos tomamos de la mano. Éramos solo dos enamorados, no existía nada más, el mundo exterior no me parecía tan fascinante como el universo que eras tú. Recuerdo haberte escrito alguna vez: “últimamente has sido el tema de conversación entre mi subconsciente y mi cabeza.” Y lo eras, en realidad lo eras. Todo sonaba a ti, todo sabia a ti. Cada canción que escuchaba me decía tu nombre y en cada imagen veía tu sonrisa.
Recuerda que yo por ti no dormía. Solía pasar las noches enteras en vela solo por verte dormir, por contemplarte mientras soñabas, por acariciarte mientras descansabas. Aun tengo en mi cabeza esa imagen tuya de cuando dormías en mi cama. Te mirabas tan linda que me moría por abrazarte y besarte, pero me contenía solo por verte dormir. Recuerdo también ese sentimiento al despertar y mirarte a mi lado. Recuerdo que fantaseaba y te decía: “quisiera que al despertar lo primero que miren mis ojos sea a ti”. ¿Lo recuerdas?
Te recuerdo a mi lado mientras manejaba, no sabes lo mucho que me agradaba tenerte ahí conmigo, manejar sin rumbo fijo solos tú y yo. Hasta recuerdo la vez en que dijiste haber visto un dinosaurio que según tú volaba sobre el pequeño lago que quedaba camino a tu casa, y tiempo después, aquello se convirtió en un pájaro gigante que ante tu vista llena de imaginación así lo asimiló.
Entiendo y lamento cómo te sentirás en estos momentos que no estoy a tu lado. Yo tampoco soportaba el no tenerte conmigo esa semana que saliste de la ciudad. Esa larga semana, esa eterna semana. Esperaba tanto el momento en que regresaras y te recibiera con un abrazo tan largo que nada más importara. Al volver a verte, la impresión fue tal que no pude moverme, solo dije “hola, que tal” y me dediqué a mirarte, a contemplarte con mis ojos humedecidos y una sonrisa tan pequeña que escondía mi enorme felicidad. Algo que nunca podré olvidar es la reacción en tu rostro cuando te dieron aquella noticia. Yo estaba en el hospital a causa de una complicación de esa enfermedad degenerativa que aun me produce miedo nombrar. Recuerdo que lo único que pensaba en esos momentos era en tenerte a mi lado. Las cosas se fueron complicando. Pasaban noches y mi estado solo empeoraba. Aun no puedo describir lo que sentía día a día al despertar y ver tu rostro mirándome, ese rostro que muchas veces estaba bañado en llanto. Perdona esos momentos de angustia y tristeza que te hice pasar, perdona las horas en vela que viviste, perdona el desgaste que le causó a tu cuerpo y lo demacrado que quedó tu bello rostro a causa de verme en mi estado final. Después de semanas de lucha me di por vencido. Con el rostro lleno de lágrimas observabas como poco a poco aquel aparato te decía que mi corazón dejaba de latir. Al paso de un rato al fin se detuvo. Entonces, el aparato captaba lo que era mi último latido solo para ti. Ese último palpitar de mi corazón era un equivalente a los miles, que con tus besos generabas en mí. Fue para ti.
Recuerdo mi funeral. Te recuerdo a ti en él. Recuerdo que llevabas puesto aquel vestido en el que te decía una y otra vez que te mirabas tan bella. Recuerdo tu rostro, tus ojos tan cansados de llorar, tus labios que decían mi nombre. Allí estaba yo, a tu lado, mirándote, susurrándote al oído que “todo estaba bien”, susurrando aquellas palabras en tu oído que te hacían sonreír: “te amo amor”. Te pido que no estés triste. Te pido que me recuerdes. Yo mientras estaré todo el tiempo contigo, en tu corazón, escuchándote cada noche, contemplándote mientras duermes, tomando tu mano y diciéndote “buenas noches”. Por favor dime que me recuerdas, que aun me ves, y que aun me sientes. Te pido que no me olvides, que recuerdes que lo nuestro fue algo tan bueno, tan bonito, tan eterno. Te amo.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
jueves, 18 de junio de 2009
Té para locos.
La noche oscura y densa caía sobre el manicomio de la ciudad, donde se dice que no están todos los que son, ni son todos los que están. Los residentes, como todas las noches, caminaban en fila, con el ritmo de un suave vals tarareado por un loco, hacia lo que era su pequeña habitación cubierta por colchón.
El manicomio estaba compuesto por veinte hombres y seis mujeres, veintiséis locos en total. Los locos eran guiados por dos guardias a sus respectivas habitaciones, en las cuales, dormían hasta tres ocupantes, mientras que las locas, dormían en la misma habitación, la cual era llamada a modo de broma, por los guardias, como “la jaula de las locas”.
Por las noches eran contados los locos que dormían, y los que lo hacían, soñaban cosas tan cuerdas y reales, que al despertar, atormentados daban gracias a dios de que había sido solo un sueño. Los locos eran felices siendo locos y soñando cosas de locos. En cada noche se podía escuchar por los pasillos del manicomio un montón de risas y ronquidos, los cuales, al mezclarse con los sonidos de la noche misma, creaban una atmósfera tan desquiciante que podría volver loco a cualquiera.
Al despertar, cada loco solía dirigirse a la plaza central del manicomio donde pasaban la gran parte del día. Se podía observar a Esteban el loco, con sus facciones un tanto torcidas, y con su cabeza casi desnuda, haciendo señas obscenas a todo aquel personaje imaginario que se le acercara. También, estaba el loco más viejo de todos, apodado “tata”, quien era a su vez el loco más cascarrabias del manicomio, y poseía una voz tan grave e imponente, que bastaba con gritar con todas sus fuerzas para que todos los locos, asustados, se tiraran al suelo con las manos en la cabeza como si estuviesen siendo victimas de un bombardeo. Se podía ver también al loco más alto y grande del manicomio, Aarón, quien gracias a su gran altura, los guardias lo utilizaban para que cambiara los focos fundidos y le daban la inútil y nada común tarea de limpiar el techo lleno de papel mojado que los locos arrojaban y luego se echaban a reír. “No es un loco gigante, es un gigante loco”, decían los otros locos. Aarón, estaba loca y perdidamente enamorado de Mari, la loca de los gatos, y gracias a su gran altura la espiaba y acosaba hasta hacerla desvariar un poco más de lo que se pudiera.
Es allí, en la plaza central, donde se llevaban a cabo las discusiones más disparatadas e inverosímiles de todo el reino de los locos. Se discutía sobre quien de los presentes era el mas loco de todos. “Yo soy el mas loco de todos, porque en mis noches de insomnio, veo cómo las cucarachas cambian de traje y se visten de grillos solamente para intentar crear esa música de violines que los caracteriza”, decía tata el loco. “Yo soy el mas loco de los locos porque cuando nadie me ve, de mi nariz extraigo moco suficiente como para crear pequeños monos, con los cuales practico el mas extraño vudú, así que ténganme miedo”, dijo Aarón el loco. “Yo soy el mas loco de todos –dijo Esteban el loco—porque yo me alimento de clavos, y al defecarlos salen en forma de balas, las cuales uso para matar una por una a todas esas mariposas que infestan mi cuarto”. “Eso no es estar loco, eso es ser pendejo”, atinó Aarón el loco.
Un cuarto loco, que se encontraba atento a la discusión de los otros, se acerca corriendo, y con una gran excitación, al mismo tiempo en el que enciende un fosforo, que había encontrado tirado hace ya tiempo, les dice: “yo soy el mas loco de todos, porque puedo crear fuego con solo rozar esto en el suelo”, dicho lo anterior, los locos contemplaron con tanto miedo y asombro aquella llama de color naranja y se echaron a correr como si el mismo diablo los estuviera persiguiendo. El loco que había empezado todo, invadido por el pánico y el miedo, arrojó el fosforo hacia una cortina y se echó a correr también como todos lo hacían. La llama alcanzó la cortina principal y se empezó a incendiar. El caos y el pánico reinaban en el manicomio. La llama fue cobrando tamaño, consumió las cortinas que estaban a los lados y posteriormente alcanzó los pocos muebles que en la pequeña plaza había. Los guardias, desesperados por la situación, optaron por cerrar las rejas, gritar y huir del manicomio. Las llamas y el intenso humo lo invadieron todo. Rápidamente el fuego consumió las habitaciones, las mesas, las sillas, el techo y las paredes del manicomio. Solo se escuchaban gritos de auxilio y risas de locos que estaban tan ensimismados en su mundo como para darse cuenta de la situación. Los locos encerrados emitían un olor a piel quemada, y en sus ojos solo se veía esa expresión de completa serenidad que caracteriza a un loco. Tres minutos bastaron para que el techo envuelto en llamas sucumbiera y acabara con todos.
Tiempo después, se podía ver el manicomio en ruinas, devastado, esas ruinas de un color grisáceo. Se podían escuchar aun aquellas voces que discutían, aquella monótona melodía de los grillos, aquel revolotear de las mariposas. Y es allí, donde en un tiempo reinó la locura y las ideas disparatadas, donde ahora quedan las ruinas y el recuerdo de aquellos que vivían sin preocupación, sin miedo, sin coherencia. Porque el que no vive loco, vive triste.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
El manicomio estaba compuesto por veinte hombres y seis mujeres, veintiséis locos en total. Los locos eran guiados por dos guardias a sus respectivas habitaciones, en las cuales, dormían hasta tres ocupantes, mientras que las locas, dormían en la misma habitación, la cual era llamada a modo de broma, por los guardias, como “la jaula de las locas”.
Por las noches eran contados los locos que dormían, y los que lo hacían, soñaban cosas tan cuerdas y reales, que al despertar, atormentados daban gracias a dios de que había sido solo un sueño. Los locos eran felices siendo locos y soñando cosas de locos. En cada noche se podía escuchar por los pasillos del manicomio un montón de risas y ronquidos, los cuales, al mezclarse con los sonidos de la noche misma, creaban una atmósfera tan desquiciante que podría volver loco a cualquiera.
Al despertar, cada loco solía dirigirse a la plaza central del manicomio donde pasaban la gran parte del día. Se podía observar a Esteban el loco, con sus facciones un tanto torcidas, y con su cabeza casi desnuda, haciendo señas obscenas a todo aquel personaje imaginario que se le acercara. También, estaba el loco más viejo de todos, apodado “tata”, quien era a su vez el loco más cascarrabias del manicomio, y poseía una voz tan grave e imponente, que bastaba con gritar con todas sus fuerzas para que todos los locos, asustados, se tiraran al suelo con las manos en la cabeza como si estuviesen siendo victimas de un bombardeo. Se podía ver también al loco más alto y grande del manicomio, Aarón, quien gracias a su gran altura, los guardias lo utilizaban para que cambiara los focos fundidos y le daban la inútil y nada común tarea de limpiar el techo lleno de papel mojado que los locos arrojaban y luego se echaban a reír. “No es un loco gigante, es un gigante loco”, decían los otros locos. Aarón, estaba loca y perdidamente enamorado de Mari, la loca de los gatos, y gracias a su gran altura la espiaba y acosaba hasta hacerla desvariar un poco más de lo que se pudiera.
Es allí, en la plaza central, donde se llevaban a cabo las discusiones más disparatadas e inverosímiles de todo el reino de los locos. Se discutía sobre quien de los presentes era el mas loco de todos. “Yo soy el mas loco de todos, porque en mis noches de insomnio, veo cómo las cucarachas cambian de traje y se visten de grillos solamente para intentar crear esa música de violines que los caracteriza”, decía tata el loco. “Yo soy el mas loco de los locos porque cuando nadie me ve, de mi nariz extraigo moco suficiente como para crear pequeños monos, con los cuales practico el mas extraño vudú, así que ténganme miedo”, dijo Aarón el loco. “Yo soy el mas loco de todos –dijo Esteban el loco—porque yo me alimento de clavos, y al defecarlos salen en forma de balas, las cuales uso para matar una por una a todas esas mariposas que infestan mi cuarto”. “Eso no es estar loco, eso es ser pendejo”, atinó Aarón el loco.
Un cuarto loco, que se encontraba atento a la discusión de los otros, se acerca corriendo, y con una gran excitación, al mismo tiempo en el que enciende un fosforo, que había encontrado tirado hace ya tiempo, les dice: “yo soy el mas loco de todos, porque puedo crear fuego con solo rozar esto en el suelo”, dicho lo anterior, los locos contemplaron con tanto miedo y asombro aquella llama de color naranja y se echaron a correr como si el mismo diablo los estuviera persiguiendo. El loco que había empezado todo, invadido por el pánico y el miedo, arrojó el fosforo hacia una cortina y se echó a correr también como todos lo hacían. La llama alcanzó la cortina principal y se empezó a incendiar. El caos y el pánico reinaban en el manicomio. La llama fue cobrando tamaño, consumió las cortinas que estaban a los lados y posteriormente alcanzó los pocos muebles que en la pequeña plaza había. Los guardias, desesperados por la situación, optaron por cerrar las rejas, gritar y huir del manicomio. Las llamas y el intenso humo lo invadieron todo. Rápidamente el fuego consumió las habitaciones, las mesas, las sillas, el techo y las paredes del manicomio. Solo se escuchaban gritos de auxilio y risas de locos que estaban tan ensimismados en su mundo como para darse cuenta de la situación. Los locos encerrados emitían un olor a piel quemada, y en sus ojos solo se veía esa expresión de completa serenidad que caracteriza a un loco. Tres minutos bastaron para que el techo envuelto en llamas sucumbiera y acabara con todos.
Tiempo después, se podía ver el manicomio en ruinas, devastado, esas ruinas de un color grisáceo. Se podían escuchar aun aquellas voces que discutían, aquella monótona melodía de los grillos, aquel revolotear de las mariposas. Y es allí, donde en un tiempo reinó la locura y las ideas disparatadas, donde ahora quedan las ruinas y el recuerdo de aquellos que vivían sin preocupación, sin miedo, sin coherencia. Porque el que no vive loco, vive triste.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
Penelope.
El día en que Penélope nació no lloró. Parecía como si para ella fuese un día cualquiera. A los días de nacida, los padres recibieron aquella noticia: “Nació ciega”, pronunció el doctor.
Con el tiempo, Penélope se fue apartando cada vez más de la gente que la rodeaba. Odiaba escuchar a los otros niños reír, odiaba que, como cada sábado ocurría, se presentara el circo callejero en la plaza. Odiaba los actos de magia que se realizaban en éste, puesto que ella era la única que no podía contemplar, con sus ojos llenos de emoción, aquellos actos que tanto maravillaban a otros niños.
Penélope no tenía amigos. Cuando algún niño se le acercaba, al mirarle los ojos tan blancos y vacios, horrorizado huía, “Tiene la mirada del diablo”, decían.
El hermano de Penélope era dos años mayor, era él, el encargado de cuidar de su hermana menor, protegerla y guiarla. Hacer pues, la función de lazarillo.
Penélope no iba a la escuela. “Tantos libros y yo sin ojos”, decía de una manera sarcástica pero a la vez muy cierta. Era su hermano el encargado también, de enseñar a Penélope lo poco o lo mucho que a él le enseñaban en el colegio. Le contaba fascinantes historias sobre conquistas y emperadores, sobre victorias y derrotas, y sobre la vida y la muerte. A Penélope parecía encantarle el modo en que su hermano le contaba o le leía. “No tendrás ojos, pero tienes dos oídos para escucharme”, le decía.
Con el tiempo, el hermano se comportaba de una manera distinta a la que acostumbraba. Se acabaron las historias y los cuentos para Penélope. Ya sea porque llegaba cansado a casa después de pasar largas jornadas en el campo, o simplemente ya no le causaba placer ni gana el leerle a su hermana. Un cambio radical en la vida de Penélope.
Penélope no buscaba las historias ni los cuentos como placer, sino que ahora era una necesidad, sentía como si se encontrara en un mundo monótono y sin novedad, ocupaba que su mente e imaginación trabajaran y empezaran a crear personajes únicos, reales o increíbles, así como también crear circunstancias propias de una buena historia en la cual al final hiciera que Penélope se sintiera parte de la trama, parte del paisaje, y parte del desenlace mismo de la historia.
Penélope frecuentaba la biblioteca de su pueblo. No para leer, puesto que su ceguera le hacia recordar día con día lo oscuro que era su mundo, y ni el mas mínimo resplandor del atardecer lograba penetrar en sus pupilas para que su cerebro lo procesara como una muestra mínima de luz. Como ya se había dicho, le encantaba ir a la biblioteca, amaba el olor de cada libro y de cada pagina, inclusive llegó a pensar en esconderse en algún rincón donde no pudiera ser encontrada, para dormir toda la noche rodeada de historias, si no de ser leídas, por lo menos de ser olfateadas. Al poner en marcha su plan para quedarse dentro de la librería toda la noche, la bibliotecaria la descubrió, la reprendió y la corrió con tales improperios, propios de alguien que no teme lastimar ni herir a una ciega, los cuales, resonaron en los oídos de Penélope con tal magnitud que sintió cómo al instante un rio de palabras subía y penetraba en su tracto auditivo hasta llegar a su cabeza y hacer eco no una, sino hasta cinco veces sobre su cerebro. Al ser encaminada por la encargada hacia la salida de la biblioteca, sin que su represora se diese cuenta, o simplemente lo haya ignorado, Penélope estiró el brazo sobre un estante y tomó un libro al azar, puesto que sus ojos no la dejaron elegir el titulo ni el color, ni mucho menos el olor. “Hubiera querido cortarle la lengua”, pensó Penélope después del altercado. Habiendo robado el libro y siendo expulsada de la biblioteca se dirigió camino a su casa.
Caminó durante casi una hora por la ciudad, ensimismada por la curiosidad del libro robado. Imaginen los peligros que corre una niña por la ciudad siendo ciega y estando distraída. Al cabo de un rato llegó a casa y no encontró a nadie dentro. Moría porque llegara su hermano y le leyera tan sólo un fragmento del libro robado y así satisfacer sus necesidades de un cuento. No fue sino hasta media noche en que Penélope se percató de que su hermano no llegaría a casa, tal ves su jornada se prolongó más de lo planeado.
A la mañana siguiente al levantarse, corrió hacia donde descansaba su hermano. “Sabes, la gente ciega como yo, puede ver en sus sueños.” Fueron estas palabras las culpables de que él notara el principio de algo raro en ella. Penélope le pidió que le leyera el libro que, ella dijo, por casualidad se lo había encontrado abandonado en algún pórtico de los muchos que existían en la ciudad. El hermano se negó a la propuesta, ya que, según dijo, iba tarde al trabajo. Ella se quedó enmudecida por la negativa del hermano. “Mañana, aunque no pueda verlo, vuelve a salir el sol”, se dijo a si misma.
Después de varias semanas en las cuales Penélope buscaba a su hermano día y noche, hora tras hora, para que le leyera, finalmente cayó en el desquiciamiento. No comía, ni mucho menos dormía. Dejó de soñar hermosos paisajes que solo en sueños seria capaz de vislumbrar. Solía vagar por las noches en la casa solitaria durante horas, al igual que las almas en pena en un cementerio. Escuchaba los ruidos de la noche, el crujir de la madera, ese silencio tan ensordecedor que aturde, y el caminar de las cucarachas por el suelo. Penélope ya no era ella, estaba vacía y la locura la empezaba a acechar y a seducir, como a una presa que bien se sabe que caerá. La curiosidad del libro robado no la dejaba ni un solo minuto, daba vueltas sobre su cabeza una y otra vez. Estando ciega y loca ya no salía a la calle.
Una tarde en que su hermano inesperadamente llegó temprano a casa, Penélope se sobresaltó tanto que su comportamiento tomó un giro inesperado y desesperado. Corrió angustiada hacia su hermano con el libro en la mano y tomó un cuchillo, “Te regalo mis ojos a cambio de una historia”, dijo al mismo tiempo en que con el afilado utensilio se sacaba los ojos, con un temblor en su cuerpo y un gemido tan fuerte y chillante que tensó inmediatamente su cuello. Al instante, se desvaneció. Su cuerpo pálido y delgado yacía en el suelo de la entrada de la casa, con el rostro lleno de sangre y dos grandes y vacios orificios. El hermano quedo atónito, con Penélope entre los brazos. Lanzó una mirada perdida al libro, lo abrió y con voz temblorosa y cortada empezó: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”
Luis Eduardo Cervantes Velarde
Con el tiempo, Penélope se fue apartando cada vez más de la gente que la rodeaba. Odiaba escuchar a los otros niños reír, odiaba que, como cada sábado ocurría, se presentara el circo callejero en la plaza. Odiaba los actos de magia que se realizaban en éste, puesto que ella era la única que no podía contemplar, con sus ojos llenos de emoción, aquellos actos que tanto maravillaban a otros niños.
Penélope no tenía amigos. Cuando algún niño se le acercaba, al mirarle los ojos tan blancos y vacios, horrorizado huía, “Tiene la mirada del diablo”, decían.
El hermano de Penélope era dos años mayor, era él, el encargado de cuidar de su hermana menor, protegerla y guiarla. Hacer pues, la función de lazarillo.
Penélope no iba a la escuela. “Tantos libros y yo sin ojos”, decía de una manera sarcástica pero a la vez muy cierta. Era su hermano el encargado también, de enseñar a Penélope lo poco o lo mucho que a él le enseñaban en el colegio. Le contaba fascinantes historias sobre conquistas y emperadores, sobre victorias y derrotas, y sobre la vida y la muerte. A Penélope parecía encantarle el modo en que su hermano le contaba o le leía. “No tendrás ojos, pero tienes dos oídos para escucharme”, le decía.
Con el tiempo, el hermano se comportaba de una manera distinta a la que acostumbraba. Se acabaron las historias y los cuentos para Penélope. Ya sea porque llegaba cansado a casa después de pasar largas jornadas en el campo, o simplemente ya no le causaba placer ni gana el leerle a su hermana. Un cambio radical en la vida de Penélope.
Penélope no buscaba las historias ni los cuentos como placer, sino que ahora era una necesidad, sentía como si se encontrara en un mundo monótono y sin novedad, ocupaba que su mente e imaginación trabajaran y empezaran a crear personajes únicos, reales o increíbles, así como también crear circunstancias propias de una buena historia en la cual al final hiciera que Penélope se sintiera parte de la trama, parte del paisaje, y parte del desenlace mismo de la historia.
Penélope frecuentaba la biblioteca de su pueblo. No para leer, puesto que su ceguera le hacia recordar día con día lo oscuro que era su mundo, y ni el mas mínimo resplandor del atardecer lograba penetrar en sus pupilas para que su cerebro lo procesara como una muestra mínima de luz. Como ya se había dicho, le encantaba ir a la biblioteca, amaba el olor de cada libro y de cada pagina, inclusive llegó a pensar en esconderse en algún rincón donde no pudiera ser encontrada, para dormir toda la noche rodeada de historias, si no de ser leídas, por lo menos de ser olfateadas. Al poner en marcha su plan para quedarse dentro de la librería toda la noche, la bibliotecaria la descubrió, la reprendió y la corrió con tales improperios, propios de alguien que no teme lastimar ni herir a una ciega, los cuales, resonaron en los oídos de Penélope con tal magnitud que sintió cómo al instante un rio de palabras subía y penetraba en su tracto auditivo hasta llegar a su cabeza y hacer eco no una, sino hasta cinco veces sobre su cerebro. Al ser encaminada por la encargada hacia la salida de la biblioteca, sin que su represora se diese cuenta, o simplemente lo haya ignorado, Penélope estiró el brazo sobre un estante y tomó un libro al azar, puesto que sus ojos no la dejaron elegir el titulo ni el color, ni mucho menos el olor. “Hubiera querido cortarle la lengua”, pensó Penélope después del altercado. Habiendo robado el libro y siendo expulsada de la biblioteca se dirigió camino a su casa.
Caminó durante casi una hora por la ciudad, ensimismada por la curiosidad del libro robado. Imaginen los peligros que corre una niña por la ciudad siendo ciega y estando distraída. Al cabo de un rato llegó a casa y no encontró a nadie dentro. Moría porque llegara su hermano y le leyera tan sólo un fragmento del libro robado y así satisfacer sus necesidades de un cuento. No fue sino hasta media noche en que Penélope se percató de que su hermano no llegaría a casa, tal ves su jornada se prolongó más de lo planeado.
A la mañana siguiente al levantarse, corrió hacia donde descansaba su hermano. “Sabes, la gente ciega como yo, puede ver en sus sueños.” Fueron estas palabras las culpables de que él notara el principio de algo raro en ella. Penélope le pidió que le leyera el libro que, ella dijo, por casualidad se lo había encontrado abandonado en algún pórtico de los muchos que existían en la ciudad. El hermano se negó a la propuesta, ya que, según dijo, iba tarde al trabajo. Ella se quedó enmudecida por la negativa del hermano. “Mañana, aunque no pueda verlo, vuelve a salir el sol”, se dijo a si misma.
Después de varias semanas en las cuales Penélope buscaba a su hermano día y noche, hora tras hora, para que le leyera, finalmente cayó en el desquiciamiento. No comía, ni mucho menos dormía. Dejó de soñar hermosos paisajes que solo en sueños seria capaz de vislumbrar. Solía vagar por las noches en la casa solitaria durante horas, al igual que las almas en pena en un cementerio. Escuchaba los ruidos de la noche, el crujir de la madera, ese silencio tan ensordecedor que aturde, y el caminar de las cucarachas por el suelo. Penélope ya no era ella, estaba vacía y la locura la empezaba a acechar y a seducir, como a una presa que bien se sabe que caerá. La curiosidad del libro robado no la dejaba ni un solo minuto, daba vueltas sobre su cabeza una y otra vez. Estando ciega y loca ya no salía a la calle.
Una tarde en que su hermano inesperadamente llegó temprano a casa, Penélope se sobresaltó tanto que su comportamiento tomó un giro inesperado y desesperado. Corrió angustiada hacia su hermano con el libro en la mano y tomó un cuchillo, “Te regalo mis ojos a cambio de una historia”, dijo al mismo tiempo en que con el afilado utensilio se sacaba los ojos, con un temblor en su cuerpo y un gemido tan fuerte y chillante que tensó inmediatamente su cuello. Al instante, se desvaneció. Su cuerpo pálido y delgado yacía en el suelo de la entrada de la casa, con el rostro lleno de sangre y dos grandes y vacios orificios. El hermano quedo atónito, con Penélope entre los brazos. Lanzó una mirada perdida al libro, lo abrió y con voz temblorosa y cortada empezó: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”
Luis Eduardo Cervantes Velarde
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