Aquellos dias felices.
En la librería donde trabajé durante varios años, un buen día como cualquier otro sucedió algo que acabó con nuestra monotonía. No había mucho trabajo en esa época, eran pocas y contadas las personas que llegaban a curiosear y salían con un buen libro en sus manos.
Una tarde, ya casi al cerrar, me encontraba como de costumbre sentado en las escaleras leyendo algún libro, cuando entró una mujer acompañada de su pequeña hija. La mujer preguntó a mi compañero sobre un libro de no se qué y éste se dispuso a buscarlo como de costumbre en la vieja y destartalada computadora. Mientras tanto, la pequeña niña se aventuró a explorar la librería hasta llegar a las escaleras donde yo me encontraba. La niña me miró con sus grandes y hermosos ojos de un color tan dorado como la miel, y me sonrió, a lo cual, yo devolví el gesto. Al observarla, noté que en su mano sostenía una pequeña bolsa con algo que se movía dentro, de un lado a otro con tanta parsimonia. Se trataba de un pez tan extraño que nunca en mi vida mis ojos habían contemplado. Llevaba por color un blanco, casi transparente, y sus ojos, parecidos a unas grandes perlas oscuras, me sometían a un ligero trance hipnótico. La niña, al observar mi curiosidad por aquel pez, levantó el brazo con la bolsa y la acercó más a mí para que lo pudiera ver un poco más de cerca. Solo se me ocurrió preguntar: - ¿esta vivo?-. Mi pregunta fue tan estúpida y espontanea que hasta la niña pareció notar ese aire de inocencia en mi tono y solo se limitó a decir que si, mientras en su rostro se dibujaba una gran sonrisa de orgullo por poseer un animal tan hermoso y enigmático para mi.
La mujer llamó a la niña, y ésta me hizo un gesto con la mano, dio media vuelta y se marchó. Me quedé tan ensimismado por un rato, miré el reloj y me di cuenta de que ya era hora de cerrar.
Al terminar mis quehaceres en la librería, me dirigí al almacén por mis llaves y mis cosas, después apagué las luces, primero las del segundo piso, luego las de la planta baja. Al caminar rumbo a la puerta para cerrar, algo que no debería de estar allí atrajo completamente mi atención. Se trataba de un objeto que me parecía vagamente familiar, se encontraba en el mostrador, y dentro, había algo con vida que se movía lentamente. Se trataba de la bolsa con el pez. Ese pez que tanto había llamado mi atención hace apenas un rato. Casi con desesperación tomé la bolsa entre mis manos y me dediqué a contemplar nuevamente aquel animal de los ojos hipnóticos. La pequeña niña debió de haberlo olvidado al salir, o simplemente se compadeció de mí y de mi extraña y repentina fascinación hacia el vertebrado, e intencionalmente lo abandonó allí.
Me encontraba solo en la librería, y sin mas opción, opté por llevarme el pez a casa, allí pasaría la noche, luego lo llevaría de regreso a la librería en caso de que la niña volviera por él para reclamarlo y asunto arreglado. Durante el camino a casa no paraba de observar al pez, su serenidad y sus monótonos movimientos me parecían inquietantes. Al llegar a casa, encontré un pequeño contenedor de vidrio, y en solo unos minutos le acondicione una pecera improvisada. Abrí la bolsa de plástico y lo cambié a su nuevo pero temporal hogar. Al caer en su nueva pecera, no pareció darle importancia, permaneció inmóvil y con los ojos bien abiertos observándome. Lo coloqué al lado de mi cama y me dispuse a apagar la luz, al cabo de unos minutos mi cuerpo cedió al cansancio y quedé profundamente dormido. Esa noche, a diferencia de las pasadas, soñé. Me encontraba dentro de la pecera. Mi cuerpo, lleno de escamas, no respondía a mis movimientos, y mis ojos, tan negros como la noche, solo observaban la silueta de alguien que dormía. De inmediato me percaté que aquella persona que dormía era yo, y quise gritar tan fuerte para despertarme, pero de mi boca solamente despedía burbujas, y quise aletear tan rápido que choqué con todas mis fuerzas contra el cristal hasta hacerlo crujir, y el agua poco a poco salía por las minúsculas hendiduras, y de mi frente escurría lo que al parecer era sangre, de un color tan verde que rápidamente tiñó el agua casi por completo. La pecera parecía vaciarse cada vez más rápido, y mi agonía parecía mezclarse con aquella agua de color ya verde. Después de unos segundos la pecera se vació, y mi pequeño cuerpo de color blanco se secaba ya sin una sola gota de sangre.
--Ya es hora de ir al trabajo—susurró una voz tan cálida y suave en mi oído.
Me desperté tan sobresaltado por aquel sueño tan peculiar, que en mi cabeza, aun podía escuchar el agua escurrir por las grietas de la pecera. Al voltear hacia donde se encontraba el pez, noté que el nivel del agua había bajado hasta menos de la mitad. Sin darle mucha importancia tomé la pecera y me dirigí al trabajo.
Al llegar, mis compañeros me observaron de una manera burlona sin saber el porqué llevaba aquella pecera. Inmediatamente después, me dispuse a contarles lo sucedido la noche anterior y colocamos al pez en el mostrador, de manera de que si la niña o la señora llegaban, lo identificaran rápidamente y se lo llevaran.
Y así pasaron los días y las semanas. Nadie volvió por el pez, nadie siquiera lo echó de menos.
Pasaba el tiempo y el pez crecía. Lo hacia con tanta rapidez que en solamente tres semanas ya había pasado por dos peceras distintas. En vista de que nadie volvió nunca a reclamarlo, decidimos adoptarlo, pero nunca decidimos su nombre. Para evitar problemas a futuro, con el poco dinero que teníamos ahorrado para cuando se presentara alguna emergencia o contingencia, compramos una pecera tan grande y vistosa donde seguramente el pez se sentiría cómodo y feliz.
Inmediatamente después de cambiarlo a la nueva pecera, se nos vino a la mente una idea un tanto torcida. Exhibiríamos al pez, cobraríamos por verlo ya tan grande y se convertiría en la atracción de la librería, lo cual aumentaría considerablemente la clientela.
Se imprimieron carteles con leyendas, las cuales invitaban a la gente a entrar, pagar, y ver a un pez fuera de lo común, al pez más grande jamás exhibido en una librería. La respuesta fue casi inmediata, decenas de personas, en su mayoría curiosos, pagaban por ver al gran pez, de color blanco casi transparente, con unos ojos tan negros como dos grandes perlas oscuras, los cuales dejaban anonadados y casi hipnotizados a los observadores.
Rápidamente se corrió la voz. Acudían visitantes desde tierras y países muy lejanos solo para contemplar al pez gigante, que era la atracción de la librería. La librería nunca había pasado por tan buen momento, las ventas no solo se habían triplicado, sino que los turistas pagaban hasta tres veces por día por ver al pez.
Al paso de los años, al igual que toda atracción principal de circo pierde el encanto, la monotonía invadió al pez. Cada vez eran menos los turistas que saciaban su curiosidad contemplando al pez gigante en la librería. El precio por entrar y ver al vertebrado cada día era menos ostentoso. Los ánimos de todos en la librería, incluyendo los del pez, decayeron hasta terminar por los suelos. Parecía que estábamos en la ruina, sin ventas, sin curiosos, sin novedad, sin asombro por parte de visitantes. Y la vida de aquel pez, parecía cada vez más vacía y sin sentido.
Con el tiempo y las decepciones, el pez poco a poco fue perdiendo vistosidad. Sus escamas no parecían tan refinadas, y su cola, la que un tiempo fue su principal atractivo debido a su fino color blanquecino, se vio poco a poco invadida por una especie de lama de color verde. Sus grandes ojos negros, fueron perdiendo ese brillo y esa luz que poseían la característica de someter en un ligero trance hasta al ser más escéptico del mundo. Su singular color, blanco casi transparente, se fue tornando día con día en un tono grisáceo, el cual, hacia parecer sucio y descuidado al animal. Para el pez fue cierta aquella frase cargada de ironía y frialdad: “el tiempo lo pudre todo”.
Como era de esperarse, con las desgracias que pasó, un mal día el pez cayó enfermo. Su estado era deplorable, tanto anímica como físicamente. Rápidamente llamamos al primer especialista que encontramos, y luego de hacer una desesperante y larga introspección, solo se le ocurrió dar el tonto y nada atinado diagnostico de que el pez se sentía solo y vacio. Intentamos de todo para remediarlo. Creímos necesario comprar otro pez y meterlo en la misma pecera, para que ambos se hicieran compañía. Lo anterior, solo provocó que se encendieran los celos de nuestro pez, y que éste se lo comiera por partes, primero, lo desgarró sangrienta y fatídicamente, para luego deglutir todos y cada uno de los restos que flotaban desgarrados en el agua. Acto siguiente, nos vimos en la necesidad de limpiar exhaustivamente la pecera que despedía un fétido e insoportable olor.
Otra idea, al parecer congruente, fue la de colocar espejos alrededor de la pecera, de este modo, volteara para donde volteara, estaría siempre acompañado aunque fuese de su mismo reflejo. La idea pareció funcionar solo algunas horas, pues al percatarse de que tratábamos de engañarlo con esa inocente trampa psicológica, embistió una y otra vez contra los espejos en la pecera, hasta que los cristales no resistieron y empezaron a crujir. El agua, poco a poco empezaba a filtrarse por las pequeñas hendiduras, y a su vez, se iba tornando de un color verdoso. En pocos segundos, la pecera se vació, y el pequeño cuerpo de color casi blanco, yacía seco, ya sin una sola gota de sangre.
La impresión fue tal, que durante este tiempo, que no duró más que unos segundos, solo nos limitamos a observar, cómo esos ojos tan grandes y negros, que parecían dos perlas oscuras, se apagaban, e iban perdiendo su brillo lentamente.
El tiempo ha pasado, y aquí seguimos como siempre. La monotonía, ese voraz y destructivo cáncer, siempre acaba por contagiar e infectar toda idea, toda novedad, a toda persona y a todo el ser débil. Desde aquel suceso, ya nada volverá a ser lo mismo, y todo volverá a ser lo de antes.
Aun conservamos los restos de aquella pecera, y de aquel pez tan singular que nos cambió la vida. Una nueva idea se nos ha ocurrido: exhibiremos al pez ya muerto, e imprimiremos anuncios, invitando a la gente y a los curiosos a pasar y a observar al pez más grande jamás disecado. Será todo un suceso, gente pagando hasta por entrar tres veces, turistas extranjeros viajando miles de kilómetros solo para poder ver al pez, y las ventas aumentaran de manera considerable. Ahora que lo recuerdo, también conservamos algo de la verdosa sangre del pez. Haremos bebidas y pociones milagrosas para curar el dolor, la vejez, el amor, la locura y la razón.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
lunes, 20 de julio de 2009
jueves, 2 de julio de 2009
Me gustan las palabras.
Me gustan las palabras.
Me gustan las palabras. Me gusta leerlas, jugar con ellas, distorsionarlas. Me gusta como suenan al ordenarlas correctamente. Me gustan las palabras porque las hay aquellas que se dicen espontáneamente, y las hay aquellas que uno tiene que quebrarse la cabeza para utilizarlas en perfecta armonía. Las palabras son tan sorprendentes. Existen palabras con una fuerza de impacto tan grande que al unirlas, por dos simples palabras que sean, pueden dejar a uno sin habla y con un extraño aleteo en el estomago: “Te amo”.
Dicen que las palabras se las lleva el viento, el aire, ese aire que respiramos. Entonces nuestro cuerpo esta conformado por palabras, y por las venas transitan oraciones que producen sensaciones en el cuerpo, el cerebro, y penetran en la mente. Desahogan la cabeza y aligeran la conciencia. Las palabras son efímeras. Puedo cargar con ellas a donde quiera que vaya, las puedo guardar en mi pequeño bolsillo y gastarlas o ahorrarlas como me plazca.
Me gusta ver las palabras en el aire, tomarlas y manipularlas para intentar crear la oración perfecta que te haga sonreír.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
Me gustan las palabras. Me gusta leerlas, jugar con ellas, distorsionarlas. Me gusta como suenan al ordenarlas correctamente. Me gustan las palabras porque las hay aquellas que se dicen espontáneamente, y las hay aquellas que uno tiene que quebrarse la cabeza para utilizarlas en perfecta armonía. Las palabras son tan sorprendentes. Existen palabras con una fuerza de impacto tan grande que al unirlas, por dos simples palabras que sean, pueden dejar a uno sin habla y con un extraño aleteo en el estomago: “Te amo”.
Dicen que las palabras se las lleva el viento, el aire, ese aire que respiramos. Entonces nuestro cuerpo esta conformado por palabras, y por las venas transitan oraciones que producen sensaciones en el cuerpo, el cerebro, y penetran en la mente. Desahogan la cabeza y aligeran la conciencia. Las palabras son efímeras. Puedo cargar con ellas a donde quiera que vaya, las puedo guardar en mi pequeño bolsillo y gastarlas o ahorrarlas como me plazca.
Me gusta ver las palabras en el aire, tomarlas y manipularlas para intentar crear la oración perfecta que te haga sonreír.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
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