viernes, 2 de octubre de 2009

Sol que no brilla.

Sol que no brilla.

¿Qué te pasa mamá? Te he visto triste. No eres la de antes, no eres la de siempre. Sé que papa nos ha dejado, y que para él solo somos un estorbo. Te noto distraída, tus ojos no son los mismos que antes. Los veo cansados de tanto llorar. Tu hermoso rostro ya no podría demacrarse más.
Te miro distante. Tus ojos ya no reflejan nada. Se han vaciado de tanto llorar, de tanto pedir, de tanto rogar. Sé que soy nuevo en este mundo, que apenas con seis meses de vida no conozco nada. Desde que llegue te he visto triste y sé que callas algo. Sé también que papá no nos ha tratado con afecto, se que desde que llegué se distanciaron, y sé que solo en tus brazos se calman mis miedos.

He escuchado tantas discusiones, tantas peleas, tantos conflictos. Sinceramente no sé como haces para no huir y para no caer. No imaginaba que el mundo, mi mundo y tu mundo, fuera tan duro, tan fuerte, tan feo. Antes de llegar solo escuchaba palabras de amor, sentía el calor que debían de darme al llegar y sentía que la vida sería tan bella como se supone que debe de ser.
Apenas llegue y he visto cosas horribles. Mamá, ¿Cómo soportas tantas cosas, tantos insultos, tantas palabras, tanta desgracia? He visto cuando una discusión termina en golpes. Te he visto ser abofeteada con tanta fuerza, que las lágrimas se resisten a salir para no delatar tu tristeza. Te he visto ser empujada y manipulada por unos brazos que deberían de abrazarte, de rodearte y de decirte un ¨te quiero¨. Después de la tormenta, desgraciadamente, no llega la calma.

Sé que nos hemos ido ya varias veces de casa. Dices que es por nuestro bien y te creo, como siempre te he creído. A veces huimos muy lejos, a veces corremos, a veces sé que quisieras perderte conmigo muy lejos, donde estemos bien, donde seamos queridos y protegidos, donde las palabras solo se utilicen para bien, donde nunca nadie nos encuentre y donde la vida sea como se supone la planeaste hace años. Aunque volemos tan lejos, siempre regresamos.

Ahora te miro tomando tus cosas, mis cosas. Y por un presentimiento que no logro comprender me parece que ya no volveremos. Papá se ha ido hace ya una hora y tú te apresuras a tener todo listo, todo en orden. Me tomas entre tus brazos, siento tu calor, ese calor que me mantiene seguro, ese calor que me invita a vivir, ese calor que me invita a soñar. Nos vamos de casa. Antes de salir veo por última vez mi cama, el lugar donde nací, el lugar donde dormían a mi lado y el lugar donde he visto tantas cosas. Adiós.

Después de manejar horas te miras exhausta. Decides rentar un cuarto para dormir. Al entrar sé que no estamos en casa, sé que estamos ya muy lejos, y sé que nunca volveremos. No se parece mucho a casa, huele a tabaco y a polvo, a suciedad y a olvido. Dormiremos aquí, y mañana temprano seguiremos huyendo.

Es de madrugada y sigues despierta, al igual que yo. Algo en tu rostro me dice que estas desesperada y que tienes miedo. Te miro llorar, se me hace tan común ver como de tus hermosos ojos brotan lágrimas de tristeza, de temor, de impotencia, de amor. Desde aquí, puedo escuchar tu respiración, tan rápida y acelerada que pareciera que estas a punto de desvanecerte. Me miras desde lejos. Me miras y lloras. Lloras como nunca antes te había visto hacerlo. Tu rostro, empapado de lágrimas me dice ¨lo siento¨. Te veo correr hacia la estufa y abrir la llave de gas. Me tomas entre tus brazos y te siento. Me cantas, me arrullas. En tu rostro, se dibuja una sonrisa al verme cerrar los ojos. Mamá, dime que no te irás, que te quedaras conmigo. Dime que todo estará bien y que mañana estarás a mi lado. Mamá huele raro, mamá los parpados me pesan. Mamá te quiero mucho. Mamá cierro los ojos y me pongo a dormir.

Luis Eduardo Cervantes Velarde.