La ironía del dilema.
Después de una larga y extenuante jornada de trabajo de doce horas, el hombre se dirige a su pequeño pero reconfortante departamento, donde gozará de un merecido y largo descanso.
Recuerda el día de ayer, donde algún vago o envidioso de los que abundan en la ciudad le apuñaló las cuatro llantas de su auto, propiciando que hoy, más temprano de lo habitual, haya tomado camino a su trabajo en su vieja y destartalada bicicleta, la cual, atrae un sinfín de miradas por sus extraños ruidos al andar.
Al salir del trabajo se dirige hacia, donde al entrar, había dejado encadenada su bicicleta. Solo encuentra la vieja cadena cortada por la mitad. Le han robado su medio de transporte. Lanza maldiciones al cielo y afloja la lengua mientras el coraje pasa. Piensa que su semana no puede ir peor. Busca dentro de su bolsillo y encuentra una moneda de diez pesos. Lo suficiente como para tomar el transporte público. Al dirigirse a la esquina más cercana, entra en su más grande dilema nunca antes planteado: tomar el taxi o el autobús.
Si toma el taxi será un poco más caro. Mientras que al tomar el autobús le quedarán unos pesos para dar de limosna a algún viejo ciego en la calle. Si toma el taxi, y éste viene lleno, el camino a casa se tornará de lo más incómodo; apretujados y en el calor, los olores corporales tienden a fluir con mayor fuerza y hediondez. Si toma el autobús, y éste también viene lleno, le tocará ir parado, haciendo piruetas y maniobras para sostenerse de aquel tubo tan lleno de porquería y mugre. Y además, con los incontables baches del camino, puede hacer el ridículo al caer y alguna chica podría verlo y reírse de él. Pero, si tomara el taxi, y ésa chica le tocara a su lado, sería mucho mayor el contacto y el roce corporal que existiría entre ambos, pudiendo propiciar así alguna futura relación amorosa que acabara en un feliz matrimonio de ensueño.
Si toma el autobús, como hay mayor capacidad para personas, puede que se encuentre con algún empresario exitoso dentro (una suposición un poco estúpida, puesto que éstos empresarios viajan a bordo de sus autos lujosos último modelo, sin necesidad de lidiar con los que dicen ellos ¨gente del pueblo¨), podría pedirle alguna oportunidad de trabajo, donde haga dinero fácil sin tener que hacer mucho. Al ser rico, se compraría un auto lujoso último modelo y miraría con risas burlonas a los desdichados que toman el transporte público. En cambio, si se decidiera por tomar el taxi, y tomando en cuenta su pequeño tamaño, las oportunidades de toparse con un empresario exitoso, u otra persona que pudiera ayudarlo a subir un peldaño más hasta llegar a la cumbre, serían casi nulas.
Tomando en cuenta las suposiciones anteriores, si tomara el taxi, su vida amorosa quedaría resuelta, asegurando así la felicidad por el resto de sus días con el amor de su vida. Aunque, si se decidiera por tomar el autobús, su vida económica estaría asegurada. Viviría cómoda y plácidamente en alguna mansión a las afueras de la ciudad, con autos lujosos, y rodeado de mujeres, aunque no interesadas en él, sí en su dinero.
Si tomará un taxi, su seguridad sería gravemente acechada, puesto que nunca falta algún demente trastornado que se le ocurra la brillante idea de secuestrar el taxi. Estando a la deriva de un loco, no se sabe qué esperar. Puede que lleve consigo un arma de fuego con las balas suficientes como para asesinarlos a todos, quitarles todas sus pertenencias, e irse a gastar su fortuna en drogas o medicamentos para su hijo enfermo. En cambio, si viaja en autobús, los accidentes están también a la orden del día, y sin cinturones de seguridad, los resultados podrían ser fatales.
Una ventaja al tomar el taxi, sería llegar más rápido a su departamento, puesto que a diferencia del autobús, el taxi no hace tantas paradas al subir o bajar pasajeros, perdiendo en ellas una razonable cantidad de minutos. Una ventaja de tomar el autobús sería, en caso de que se diera la oportunidad de tomar asiento, el relajante y constante movimiento del ir y venir de un lado a otro, y aquella eterna vibración que causa una placentera somnolencia.
El hombre, después de analizar minuciosamente aquellas opciones, sus pros y sus contras, las ventajas y desventajas, y de darse cuenta de los incontables peligros que correría si utilizara tanto el taxi como el autobús, decide caminar hasta su departamento. Al dar la vuelta a la calle, un vagabundo a bordo de una bicicleta tan destartalada y vieja que hacia un sinfín de sonidos extraños, con pistola en mano asalta al hombre, quitándole su teléfono celular, sus zapatos y sus diez pesos. El vagabundo se aleja corriendo dejando en el suelo aquella fea bicicleta. El hombre, sonriente y descalzo se dirige camino a casa en su antigua bicicleta, mientras el vagabundo, corriendo aun por la calle, decide entre si tomar un taxi o el autobús para ir a comprarle el medicamento a su hijo enfermo.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
martes, 9 de marzo de 2010
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