jueves, 18 de junio de 2009

Penelope.

El día en que Penélope nació no lloró. Parecía como si para ella fuese un día cualquiera. A los días de nacida, los padres recibieron aquella noticia: “Nació ciega”, pronunció el doctor.
Con el tiempo, Penélope se fue apartando cada vez más de la gente que la rodeaba. Odiaba escuchar a los otros niños reír, odiaba que, como cada sábado ocurría, se presentara el circo callejero en la plaza. Odiaba los actos de magia que se realizaban en éste, puesto que ella era la única que no podía contemplar, con sus ojos llenos de emoción, aquellos actos que tanto maravillaban a otros niños.
Penélope no tenía amigos. Cuando algún niño se le acercaba, al mirarle los ojos tan blancos y vacios, horrorizado huía, “Tiene la mirada del diablo”, decían.
El hermano de Penélope era dos años mayor, era él, el encargado de cuidar de su hermana menor, protegerla y guiarla. Hacer pues, la función de lazarillo.
Penélope no iba a la escuela. “Tantos libros y yo sin ojos”, decía de una manera sarcástica pero a la vez muy cierta. Era su hermano el encargado también, de enseñar a Penélope lo poco o lo mucho que a él le enseñaban en el colegio. Le contaba fascinantes historias sobre conquistas y emperadores, sobre victorias y derrotas, y sobre la vida y la muerte. A Penélope parecía encantarle el modo en que su hermano le contaba o le leía. “No tendrás ojos, pero tienes dos oídos para escucharme”, le decía.
Con el tiempo, el hermano se comportaba de una manera distinta a la que acostumbraba. Se acabaron las historias y los cuentos para Penélope. Ya sea porque llegaba cansado a casa después de pasar largas jornadas en el campo, o simplemente ya no le causaba placer ni gana el leerle a su hermana. Un cambio radical en la vida de Penélope.
Penélope no buscaba las historias ni los cuentos como placer, sino que ahora era una necesidad, sentía como si se encontrara en un mundo monótono y sin novedad, ocupaba que su mente e imaginación trabajaran y empezaran a crear personajes únicos, reales o increíbles, así como también crear circunstancias propias de una buena historia en la cual al final hiciera que Penélope se sintiera parte de la trama, parte del paisaje, y parte del desenlace mismo de la historia.
Penélope frecuentaba la biblioteca de su pueblo. No para leer, puesto que su ceguera le hacia recordar día con día lo oscuro que era su mundo, y ni el mas mínimo resplandor del atardecer lograba penetrar en sus pupilas para que su cerebro lo procesara como una muestra mínima de luz. Como ya se había dicho, le encantaba ir a la biblioteca, amaba el olor de cada libro y de cada pagina, inclusive llegó a pensar en esconderse en algún rincón donde no pudiera ser encontrada, para dormir toda la noche rodeada de historias, si no de ser leídas, por lo menos de ser olfateadas. Al poner en marcha su plan para quedarse dentro de la librería toda la noche, la bibliotecaria la descubrió, la reprendió y la corrió con tales improperios, propios de alguien que no teme lastimar ni herir a una ciega, los cuales, resonaron en los oídos de Penélope con tal magnitud que sintió cómo al instante un rio de palabras subía y penetraba en su tracto auditivo hasta llegar a su cabeza y hacer eco no una, sino hasta cinco veces sobre su cerebro. Al ser encaminada por la encargada hacia la salida de la biblioteca, sin que su represora se diese cuenta, o simplemente lo haya ignorado, Penélope estiró el brazo sobre un estante y tomó un libro al azar, puesto que sus ojos no la dejaron elegir el titulo ni el color, ni mucho menos el olor. “Hubiera querido cortarle la lengua”, pensó Penélope después del altercado. Habiendo robado el libro y siendo expulsada de la biblioteca se dirigió camino a su casa.
Caminó durante casi una hora por la ciudad, ensimismada por la curiosidad del libro robado. Imaginen los peligros que corre una niña por la ciudad siendo ciega y estando distraída. Al cabo de un rato llegó a casa y no encontró a nadie dentro. Moría porque llegara su hermano y le leyera tan sólo un fragmento del libro robado y así satisfacer sus necesidades de un cuento. No fue sino hasta media noche en que Penélope se percató de que su hermano no llegaría a casa, tal ves su jornada se prolongó más de lo planeado.
A la mañana siguiente al levantarse, corrió hacia donde descansaba su hermano. “Sabes, la gente ciega como yo, puede ver en sus sueños.” Fueron estas palabras las culpables de que él notara el principio de algo raro en ella. Penélope le pidió que le leyera el libro que, ella dijo, por casualidad se lo había encontrado abandonado en algún pórtico de los muchos que existían en la ciudad. El hermano se negó a la propuesta, ya que, según dijo, iba tarde al trabajo. Ella se quedó enmudecida por la negativa del hermano. “Mañana, aunque no pueda verlo, vuelve a salir el sol”, se dijo a si misma.
Después de varias semanas en las cuales Penélope buscaba a su hermano día y noche, hora tras hora, para que le leyera, finalmente cayó en el desquiciamiento. No comía, ni mucho menos dormía. Dejó de soñar hermosos paisajes que solo en sueños seria capaz de vislumbrar. Solía vagar por las noches en la casa solitaria durante horas, al igual que las almas en pena en un cementerio. Escuchaba los ruidos de la noche, el crujir de la madera, ese silencio tan ensordecedor que aturde, y el caminar de las cucarachas por el suelo. Penélope ya no era ella, estaba vacía y la locura la empezaba a acechar y a seducir, como a una presa que bien se sabe que caerá. La curiosidad del libro robado no la dejaba ni un solo minuto, daba vueltas sobre su cabeza una y otra vez. Estando ciega y loca ya no salía a la calle.
Una tarde en que su hermano inesperadamente llegó temprano a casa, Penélope se sobresaltó tanto que su comportamiento tomó un giro inesperado y desesperado. Corrió angustiada hacia su hermano con el libro en la mano y tomó un cuchillo, “Te regalo mis ojos a cambio de una historia”, dijo al mismo tiempo en que con el afilado utensilio se sacaba los ojos, con un temblor en su cuerpo y un gemido tan fuerte y chillante que tensó inmediatamente su cuello. Al instante, se desvaneció. Su cuerpo pálido y delgado yacía en el suelo de la entrada de la casa, con el rostro lleno de sangre y dos grandes y vacios orificios. El hermano quedo atónito, con Penélope entre los brazos. Lanzó una mirada perdida al libro, lo abrió y con voz temblorosa y cortada empezó: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”

Luis Eduardo Cervantes Velarde

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