La noche oscura y densa caía sobre el manicomio de la ciudad, donde se dice que no están todos los que son, ni son todos los que están. Los residentes, como todas las noches, caminaban en fila, con el ritmo de un suave vals tarareado por un loco, hacia lo que era su pequeña habitación cubierta por colchón.
El manicomio estaba compuesto por veinte hombres y seis mujeres, veintiséis locos en total. Los locos eran guiados por dos guardias a sus respectivas habitaciones, en las cuales, dormían hasta tres ocupantes, mientras que las locas, dormían en la misma habitación, la cual era llamada a modo de broma, por los guardias, como “la jaula de las locas”.
Por las noches eran contados los locos que dormían, y los que lo hacían, soñaban cosas tan cuerdas y reales, que al despertar, atormentados daban gracias a dios de que había sido solo un sueño. Los locos eran felices siendo locos y soñando cosas de locos. En cada noche se podía escuchar por los pasillos del manicomio un montón de risas y ronquidos, los cuales, al mezclarse con los sonidos de la noche misma, creaban una atmósfera tan desquiciante que podría volver loco a cualquiera.
Al despertar, cada loco solía dirigirse a la plaza central del manicomio donde pasaban la gran parte del día. Se podía observar a Esteban el loco, con sus facciones un tanto torcidas, y con su cabeza casi desnuda, haciendo señas obscenas a todo aquel personaje imaginario que se le acercara. También, estaba el loco más viejo de todos, apodado “tata”, quien era a su vez el loco más cascarrabias del manicomio, y poseía una voz tan grave e imponente, que bastaba con gritar con todas sus fuerzas para que todos los locos, asustados, se tiraran al suelo con las manos en la cabeza como si estuviesen siendo victimas de un bombardeo. Se podía ver también al loco más alto y grande del manicomio, Aarón, quien gracias a su gran altura, los guardias lo utilizaban para que cambiara los focos fundidos y le daban la inútil y nada común tarea de limpiar el techo lleno de papel mojado que los locos arrojaban y luego se echaban a reír. “No es un loco gigante, es un gigante loco”, decían los otros locos. Aarón, estaba loca y perdidamente enamorado de Mari, la loca de los gatos, y gracias a su gran altura la espiaba y acosaba hasta hacerla desvariar un poco más de lo que se pudiera.
Es allí, en la plaza central, donde se llevaban a cabo las discusiones más disparatadas e inverosímiles de todo el reino de los locos. Se discutía sobre quien de los presentes era el mas loco de todos. “Yo soy el mas loco de todos, porque en mis noches de insomnio, veo cómo las cucarachas cambian de traje y se visten de grillos solamente para intentar crear esa música de violines que los caracteriza”, decía tata el loco. “Yo soy el mas loco de los locos porque cuando nadie me ve, de mi nariz extraigo moco suficiente como para crear pequeños monos, con los cuales practico el mas extraño vudú, así que ténganme miedo”, dijo Aarón el loco. “Yo soy el mas loco de todos –dijo Esteban el loco—porque yo me alimento de clavos, y al defecarlos salen en forma de balas, las cuales uso para matar una por una a todas esas mariposas que infestan mi cuarto”. “Eso no es estar loco, eso es ser pendejo”, atinó Aarón el loco.
Un cuarto loco, que se encontraba atento a la discusión de los otros, se acerca corriendo, y con una gran excitación, al mismo tiempo en el que enciende un fosforo, que había encontrado tirado hace ya tiempo, les dice: “yo soy el mas loco de todos, porque puedo crear fuego con solo rozar esto en el suelo”, dicho lo anterior, los locos contemplaron con tanto miedo y asombro aquella llama de color naranja y se echaron a correr como si el mismo diablo los estuviera persiguiendo. El loco que había empezado todo, invadido por el pánico y el miedo, arrojó el fosforo hacia una cortina y se echó a correr también como todos lo hacían. La llama alcanzó la cortina principal y se empezó a incendiar. El caos y el pánico reinaban en el manicomio. La llama fue cobrando tamaño, consumió las cortinas que estaban a los lados y posteriormente alcanzó los pocos muebles que en la pequeña plaza había. Los guardias, desesperados por la situación, optaron por cerrar las rejas, gritar y huir del manicomio. Las llamas y el intenso humo lo invadieron todo. Rápidamente el fuego consumió las habitaciones, las mesas, las sillas, el techo y las paredes del manicomio. Solo se escuchaban gritos de auxilio y risas de locos que estaban tan ensimismados en su mundo como para darse cuenta de la situación. Los locos encerrados emitían un olor a piel quemada, y en sus ojos solo se veía esa expresión de completa serenidad que caracteriza a un loco. Tres minutos bastaron para que el techo envuelto en llamas sucumbiera y acabara con todos.
Tiempo después, se podía ver el manicomio en ruinas, devastado, esas ruinas de un color grisáceo. Se podían escuchar aun aquellas voces que discutían, aquella monótona melodía de los grillos, aquel revolotear de las mariposas. Y es allí, donde en un tiempo reinó la locura y las ideas disparatadas, donde ahora quedan las ruinas y el recuerdo de aquellos que vivían sin preocupación, sin miedo, sin coherencia. Porque el que no vive loco, vive triste.
Luis Eduardo Cervantes Velarde.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
qiero ser loca :)
ResponderEliminaryo me declaro tu fann :)
ResponderEliminar